Jueves 23 de Noviembre del 2017

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Maestros de calidad: “La vida” (Alonso Cueto)

Si la vida es una suma incoherente e inconexa de situaciones, nuestra respuesta es darle una forma propia a su caos natural. Si muy jóvenes podemos organizar nuestras ideas y energías, entregarnos a un proyecto propio, dentro de los límites del respeto a los demás, creo que estaremos salvados. Lo importante es vivir buscando realizar esos proyectos aun cuando nunca podamos lograrlos.

 

Quizá la verdadera misión en la vida de los padres y de los maestros sea encontrar el germen de la pasión que pueda latir en sus hijos y alumnos. Y el único modo de conseguirlo es que los padres y maestros sean ellos también unos apasionados de la vida. No acostumbro escribir sobre mi vida personal pero esta semana solo tengo la mente puesta en la presencia de mi madre, Lilly Caballero de Cueto. Una de las frases que repetía era que “en esta familia hacemos las cosas hasta matarnos”, aludiendo a la pasión con que abrazó su vocación de bibliotecaria, educadora  y editora de libros infantiles.

 

Ella dirigió proyectos que abastecieron las bibliotecas rurales, gracias a la financiación internacional y el Centro de Documentación de Literatura Infantil. Fue autora de manuales de bibliotecarias, así como editora de numerosos libros bilingües en quechua y español, con ilustraciones. Su gran ideal fue siempre que se hicieran mejores libros para todos los peruanos, especialmente los de las zonas rurales. Su pasión era elegante y llena de información y de criterio. Sé que tanto mis hermanos Santiago y Marcos como yo, la asumimos y tratamos de replicarla en campos distintos.

 

Ahora que nos ha dejado, creo que esa pasión alimentará a quienes la conocieron y acaso a quienes leyeron sus libros. Para ella, no tenía sentido vivir si uno no deja una huella en el mundo. Promover los libros en el Perú puede parecer una tarea imposible, pero esa es la razón principal para acometerla. Educada en la disciplina y el idealismo del Colegio Santa Úrsula, se sintió llamada por Emilia Barcia Boniffatti a ejercer de educadora en nidos.Trabajó en el Instituto Superior Pedagógico de Educación Inicial y luego en la Universidad de Lima. Escribió algunos libros, entre ellos Pongamos en marcha las bibliotecas escolares (1968).

 

La amistad y la conversación fueron costumbres suyas. Hablábamos mucho. No siempre estábamos de acuerdo. En los temas de la religión, la política y otros, siempre defendía con pasión y con ardor sus puntos de vista. Yo me asombraba de su inteligencia en nuestras discusiones. Con ella no hubiera podido ser de otro modo. Pero su pasión produjo grandes afectos. En los últimos días de su vida, víctima de un cáncer terminal, cuando la veía rodeada de todos sus familiares que le sostenían las manos, cobraba un nuevo sentido el verso de Vallejo: “Tanto amor y no poder hacer nada contra la muerte.”

 

Como cualquier persona en mi situación, tengo la sensación hoy de que es difícil pensar que exista un mundo sin ella. Y sin embargo, tal vez, en alguno de sus rincones, en alguna biblioteca escolar en Apurímac o en Cajamarca, donde sus libros se leen, el mundo es un poco mejor para algún niño lector. Quizá lo pensó entre las duermevelas de la muerte. Que entre la gente que dejaba atrás estaba la recompensa de su pasión merecida.

 

* Artículo publicado en el diario La República el 12 de julio del 2015.